lunes, 31 de agosto de 2015

Breve comentario al Evangelio del domingo 6-sept.


Evangelio del domingo 6 de septiembre de 2015
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galiela, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces, le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra de Dios.
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Con la intención de ayudar a meditar y reflexionar sobre el Evangelio, el Rvdo. P. José Joaquín Castellón, próximo párroco de San José Obrero (en San Juan de Aznalfarache), comparte un breve texto previo a la celebración dominical. 

Comentario al Evangelio del domingo 6 de septiembre de 2015
Ritos antiguos  (Marcos 7, 31-37)
Algunos de los rituales en las celebraciones de la Iglesia se simplificaron en los últimos tiempos porque su gestualidad resultaba poco comprensible para las personas de hoy. Uno de ellos fue el rito del “effetá” que se realizaba en el bautismo. En el rito del bautismo que celebramos hoy hay muchos símbolos ricos y expresivos, pero antes había uno muy curioso: el sacerdote soplaba en los oídos de la persona que bautizaba, normalmente un niño, y decía esa palabra “effetá” (que significa “ábrete”). Era el recuerdo de un gesto de curación que el propio Cristo realizó con una persona sordomuda, para devolverle la capacidad de oír; a la que también tocó la lengua con su propia saliva, para que pudiera hablar.
A nuestra mentalidad secular y racionalista le resultan ajenos estos símbolos tan corporales  y contundentes, pero seguimos necesitando, como siempre, que el Espíritu nos abra el oído para escuchar de verdad a Dios Padre y a nuestros hermanos, para saber encauzar nuestra vida con un amor lúcido y entregado.
Estamos sordos y mudos ante el drama de la emigración de tantas personas buscando salir del infierno de la guerra. Estamos sordos y mudos por una cultura de la superficialidad que nos hace adolescentes perennes que tienen miedo al compromiso. Estamos acobardados por nuestra propia debilidad y egoísmo. Necesitamos que venga un soplo del propio Espíritu de Jesucristo que nos haga cambiar de perspectiva en la vida.
Nuestra convicción creyente es fuente de esperanza: “El Señor abre los ojos al ciego, endereza a los que se doblan, sustenta al huérfano y a la viuda. El Señor reina eternamente” (Salmo 145). Qué falta nos hace a todos un vendaval de tu bondad, Padre.

Puede consultar anteriores reflexiones en el perfil en Facebook:
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