miércoles, 27 de enero de 2016

Lectura del Evangelio del domingo 31 de enero de 2016 y breve reflexión


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (4,21-30):
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Reflexión sobre el Evangelio del 31 de enero de 2016: “Inmigrantes” (Lucas 4, 21-30)
En nuestras relaciones con los demás, también en la comunidad cristiana, normalmente todo va bien hasta que se pronuncia alguna palabra inconveniente. Hay reuniones familiares o de amigos en los que se tienen autoimpuesta la censura de hablar de fútbol, de religión o de política. El encono de las posturas llega al extremo de que si se saca ese tema tabú, al comienzo todos participan animadamente y al cabo de un rato llegan al insulto, a la descalificación personal y a que alguien se vaya enfadado a su casa.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús tocó ese tema y unos cuantos estuvieron a punto de tirarlo por un barranco; el tema en aquella reunión era el de la dignidad de hijos de Dios de todos los inmigrantes y extranjeros (si no lo crees lee Lucas 4, 21-30).
La afirmación de la dignidad de hijo de Dios de los extranjeros –de otro color, de otra cultura, de otra religión, pobre y necesitado- nos obliga a creer en un Dios Padre más grande que nuestras costumbres y prejuicios. Y, por ello, en cómo los acojamos se define la calidad de nuestra fe.
Si nuestra fe en Dios ha degenerado en religiosidad que se agota en la identidad grupal o familiar, en un buscarnos entre nosotros para satisfacer nuestras necesidades de amistad, fiesta y rito, en reafirmar nuestras ideas y formas de vida… hemos perdido la fe; ya es otra cosa; ya no es encuentro renovado con el Resucitado.
Los grupos de parroquia y las hermandades suelen acoger poco a hermanos de otra cultura, de otra raza; no suelen ser cauce de encuentro con el distinto. ¿Será porque hay poca fe?

Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.
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