martes, 23 de febrero de 2016

Evangelio del domingo, 28 de febrero de 2016


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 28b-36
En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba. El aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablan de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús:
—Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:
—Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaban silencio y, por el momento no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Breve comentario al Evangelio del 28 de febrero de 2016: “Fe y familia” (Lucas 13, 1-9):
Uno de los problemas de nuestras familias cristianas es el de la transmisión de la fe a los hijos. Padres creyentes y comprometidos con su fe se han encontrado con que sus hijos la rechazan abiertamente o se mantienen en la tibieza del catolicismo sociológico. Esta situación escapa a un análisis simplificador.

Pero Dios Padre nunca se da por vencido. La carencia de la luz, la esperanza y el compromiso de la fe en los nuestros se ha de convertir en nuestro corazón en una inquietud que no se acaba, en un fuego que no se extingue.

Las más de las veces, las parroquias no han sabido ofrecer grupos de reflexión y de dinamización entre los jóvenes. También ha faltado preocupación por la transmisión de la fe en el seno de la familia. No se ha enseñado a orar en familia, no se han desactivado las críticas y las descalificaciones constantes de los medios de comunicación hacia la fe y la Iglesia. Los niños y adolescentes han necesitado razones para creer que sus padres, por falta de formación, no podían darles. La actitud de crítica ácida de algunos padres hacia los errores y los pecados de la Iglesia ha tenido como consecuencia el desapego de la fe en los hijos. Habrá otras, sin duda, muchas; quizás tus hijos las tengan más claras.

Pero la fe en Jesucristo tiene tal potencia de humanizarnos, de abrirnos a la trascendencia, de confortarnos en los momentos difíciles que no podemos dejar de buscar caminos para que la llama de la fe ilumine a los nuestros.


Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.

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