martes, 1 de marzo de 2016

Evangelio del domingo, 6 de marzo de 2016


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 15, 1-3.11-32
Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32. 
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.  Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". 

Jesús les dijo entonces esta parábola: "Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces, se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. 

Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'. 

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.  El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'. Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta. 

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. Él le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.  ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'. 

Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'". 

Reflexión sobre el Evangelio del 6 de marzo de 2016: A escondidas del amor (Lucas 1, 1-32)
A escondidas del Amor se vive mal. Inseguridades y miedos, recelos y suspicacias, inquinas y enfrentamientos crecen en esa umbría de nuestra vida; como plantas trepadoras que parasitan y nos quitan alegría.

No hay como compartir lo que te hace sufrir con quien te conoce; como reconocer los propios errores y pedir perdón a quien nos quiere; no hay como poner al sol del amor de Dios nuestras debilidades, para que su calor nos reconforte. Mientras te haces el fuerte, el indiferente, el inaccesible, el justo, sólo causas respeto, distancia. Cuando te muestras débil, enamoras.

El evangelio del próximo domingo nos muestra dos hermanos que, cada uno a su manera, se habían ocultado del amor del Padre. Aparentando suficiencia vivían sufriendo. Uno y otro mostraron su debilidad al Padre que fue a la búsqueda de los dos. Ese fue el primer paso dado en la tierra nueva de la reconciliación y el amor.
No dejes que tu autosuficiencia te aleje de los tuyos, de tu mujer, tu marido, tus hijos, tus hermanos. Todos nos equivocamos, todos tenemos que pedir perdón, todos tenemos, también, que perdonar. El amor que le tienes es más grande que la herida que te infringió; es más, sólo te pudo herir porque lo quieres.

Como el Pueblo de Israel, nosotros tenemos también nuestra tierra prometida. El primer paso que damos en esa Tierra Nueva es vivir, por la fuerza de la redención de Jesucristo, reconociendo nuestras debilidades, perdonando con corazón amplio los agravios de nuestros hermanos. La tierra nueva se llama Abrazo.

Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.

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