martes, 5 de abril de 2016

Evangelio del domingo 10 de abril de 2016 y breve reflexión


Domingo 10 de abril de 2016, Evangelio según San Juan 21,1-19.
Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así:
estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.

Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No".
Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.

Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.
Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".
Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Él le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas".

Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras".
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme". 

Reflexión sobre el Evangelio del 10 de abril de 2016: “El signo de la tenacidad” (Juan 21,1-19)
Nuestra vida personal nos demuestra una y mil veces que lo mejor de nuestra vida no procede de nosotros mismos, que somos capaces de lo peor en cuanto nos despistamos. Siempre la bondad y la belleza, el amor y la gracia vienen a nuestra existencia como un don, como un regalo. Pero, ciertamente, hay que estar donde hay que estar para recibirlas. Las oportunidades sólo son tales para quienes están abiertos a acogerlas y para quienes se mantienen firmes cuando todo se pone en contra.

En la primera Iglesia, Pedro personifica esas dos condiciones, sabiendo de sus fragilidades –patentes en las negaciones durante la pasión- se muestra, en los momentos trascendentes, abierto a la novedad del Espíritu, y tenaz en los desalientos y sinsabores. Si por su predicción le viene la persecución de las autoridades judías, se mantiene firme; si en su labor evangelizadora no obtiene el resultado deseado, se mantiene constante. Su firmeza, su constancia y su renovada valentía hacen que Pedro sea signo para la comunidad naciente de acogida de la vida nueva de Jesucristo.

Nuestras comunidades cristianas han de tener, también, el arrojo de salir de los muros de la parroquia para anunciar, con obras y palabras, la buena noticia de Jesucristo. Quizás nuestra labor sea difícil y, en muchos momentos, nos parezca infructuosa. Hemos de mantenernos constantes en el afán de anunciar a Jesucristo, de hacer retroceder la injusticia y la mentira, de  que todos acojan la fe. Los que son tenaces y constantes, los que están dispuestos a renovarse para cumplir la misión, esos son los verdaderamente imprescindibles.


Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.

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