martes, 31 de mayo de 2016

Evangelio y reflexión del domingo 5 de junio de 2016


Domingo, 5 de junio de 2016. Evangelio según San Lucas 7,11-17. 
Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud.  Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba.  Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: "No llores". 
Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate".  El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. 
Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo". El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina. 

Reflexión sobre el Evangelio del 5 de junio de 2016: “Sacramento” (Lc 7, 11-17)
Como cualquier persona, los que tenemos fe en Jesucristo, padecemos enfermedades, contrariedades, dificultades; sufrimos la pérdida de seres queridos, nos vemos agobiados por circunstancias adversas. Y, sin embargo, seguimos confiando en que Jesucristo es para nosotros, y para toda la humanidad, fuente de vida.

Si es cierto que en muchos momentos experimentamos las dificultades y las contrariedades de la vida, también lo es que en situaciones especiales hemos acogido el don de la protección, de la ayuda, del impulso de Dios. Sencilla pero sorprendentemente, Dios con su salvación se hizo patente en nuestra vida, y nos abrió a la esperanza de una vida que no acabará. Los milagros cotidianos que hacen surgir y que protegen la vida nos hacen esperar una vida plena y definitiva.

Esos momentos en los que vivimos la presencia de Dios como apoyo y salvación nos hacen comprometernos con el cuidado de la vida, con la lucha por la justicia; alientan nuestras tareas para que todos los hijos de Dios tengan una vida humana y fraterna.

Es la lógica del sacramento: recibir algo aparentemente pequeño que llena de luz todo lo que vivimos y que nos impulsa a colaborar con el empeño de Dios a que su sueño de toda la humanidad sea un pueblo de hermanos e hijos suyos se vaya cumpliendo. Todos los días vivimos sacramentos de vida, pero no alcanzamos siempre a acogerlos como verdaderos signos de la misericordia de un Dios que quiere que los pobres vivan. El recuerdo alguno de esos milagros cotidianos llena de paz.


Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.

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