martes, 4 de octubre de 2016

Evangelio del domingo 9 de octubre de 2016 y breve reflexión, desde San Juan


Evangelio, del domingo 9 de octubre de 2016, según San Lucas 17,11-19. 
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. 
Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!". 
Al verlos, Jesús les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes". Y en el camino quedaron purificados. 
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. 
Jesús le dijo entonces: "¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?". 
Y agregó: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado". 

Reflexión sobre el Evangelio del domingo 9 de octubre de 2016: “Desmemoriados”  (Lucas 17,11-19)
Tener buena memoria es una gran virtud. No me refiero ahora a la memoria “fotográfica” de aquel que leyendo una sola vez el libro de texto recordaba las frases exactas y hasta las fotografías que las acompañaban. Me refiero a tener buena memoria de los acontecimientos que van marcando nuestra vida. Guardar memoria de los momentos entrañables y alegres, de las dificultades y sufrimientos, de lo que nos ha costado superar los retos que nos lanzó la vida, nos hace personas.
“Guardar memoria” como quien guarda un tesoro, porque en todos esos acontecimientos Jesucristo nos acompañaba en el camino aunque no pudiéramos reconocerlo.
Es verdad que tenemos que purificar nuestra memoria. Solemos recordar el mal más que el bien, el daño recibido más que los favores y el amor que nos han entregado. Y así, nuestra memoria, en vez de ayudarnos a ser agradecidos, a vivir agraciados, nos hace rencorosos y amargados. Solemos recordar nuestros errores con sentimiento de vergüenza, abochornándonos de los pecados pasados, en vez de acoger esos momentos con humildad, abiertos a la conversión y a la misericordia con la que Dios nos mira. Solemos, así, recordar lo que engorda nuestro “ego” en vez de abrirnos a la comunión que nos ha constituido y hecho ser hijos del Padre.
Que no te traicione tu memoria. Procura pasar por el corazón (eso significa “re-cordar”) todo el bien que te han entregado, que te ha hecho bueno, y que tienes que hacer que llegue a los que están contigo.
El desmemoriado para lo malo vive en paz. Quien recuerda el amor no cesa de dar gracias a Dios. 


Reflexión realizada por el Rvdo. P. D. José Joaquín Castellón Martín, párroco de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache.

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